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Entre el continuismo y la desconfianza elijo la esperanza

Yeilor Rafael Espinel Torres

(11/06/2017)

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Luego de la excelente votación obtenida por Sergio Fajardo y la Coalición Colombia a nivel nacional (4.589.696) y en Cundinamarca (328.519), nos queda la satisfacción y la certeza de que ha nacido una nueva corriente política que provista de paciencia, serenidad y trabajo duro será capaz de disputarles el poder a los políticos tradicionales.

Estos resultados nos llenan de alegría y optimismo de cara a las elecciones del 2019 y el 2022. Sin duda, “La fuerza de la esperanza” trajo consigo nuevos liderazgos y procesos políticos que han llegado para quedarse y pondrán en aprietos a las viejas estructuras políticas, aquellas que en la contienda actual buscan perpetuarse.

Siempre fui opositor a los gobiernos de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Éste último demostró dar continuidad al legado de su predecesor y evidenció cómo ambos representan al bloque de poder que hemos denominado “los mismos con las mismas”. Aquellos que han engañado a los colombianos por más de doscientos años con sus peleas de compadres para hacerse al poder y que son, en buena parte, los responsables de la ruina económica y la corrupción imperante. Basta ver a quienes hoy apoyan a Iván Duque para entender que él personifica la continuidad de los expresidentes, maquinarias regionales y políticos gatopardistas de viejo cuño que han acatado con obsecuente fervor los dictámenes de Washington desde 1991.

Duque refleja la cara remozada de una vieja tradición política encabezada por Uribe a la que ya nos hemos enfrentado pero que hoy pretende reelegirse en cuerpo ajeno. Me refiero al Uribe que derrotamos en 2003 en subonapartista referendo; al que la Corte Constitucional le declaró inexequible su Estatuto Antiterrorista en 2004 y tumbó su segunda reelección presidencial en 2010 y al que Jorge Enrique Robledo Castillo acusó en 2007 portraición a la patria cuando firmó el TLC con Estados Unidos. Aquel al que frenamos con sendas movilizaciones en sus antinacionales propósitos de establecer bases militares estadounidenses en nuestro territorio y enviar tropas colombianas a Afganistán en 2008. Por éstas razones y muchas otras más, nunca voté por Uribe, ni por quien él haya promovido.

En consecuencia, cuando Santos fue su candidato en 2010 y luego de impulsar la precandidatura del maestro Carlos Gaviria, promoví de manera decidida la candidatura de Gustavo Petro en primera vuelta y el voto en blanco en segunda. Ante la falsa dicotomía de escoger entre dos continuistas como Santos y Zuluaga en la segunda vuelta presidencial de 2014, mi decisión fue votar en blanco y permanecer en la oposición. Hoy se nos presenta otra aparente disyuntiva, entre el continuismo y la desconfianza. El continuismo claramente encarnado en la candidatura uribista y la desconfianza que genera el autárquico estilo de trabajo, la contradictoria y errática gestión como alcalde y algunos elementos del programa de Gustavo Petro, así como su respaldo a Santos y al ex procurador Ordoñez, entre muchos otros.

En tal sentido, saludo la determinación de mi partido Polo Democrático Alternativo de NO votar por Iván Duque y de posibilitar el voto en blanco a quienes, en condición de minoría, consideramos que ningún candidato nos representa. Además respeto la decisión mayoritaria (no unánime) del CEN de apoyar a Gustavo Petro en segunda vuelta. Dadas las cosas votaré en blanco el próximo domingo y enfocaré mis esfuerzos en promover la esperanza que sembró en Cundinamarca el programa propuesto por la Coalición Colombia que incluyó la reactivación de la economía (producción y trabajo), la renegociación de los Tratados de Libre comercio, la defensa de la educación, la protección del ambiente y el cumplimiento de los acuerdos de paz suscritos.

Mi decisión parte de la premisa demócrata de que el voto en blanco es una alternativa legítima y respetable que tiene el ciudadano cuando no se identifica con alguna opción. A pesar de lo que muchos afirman, un voto en blanco ejercido con libertad y en conciencia no demuestra neutralidad ni ambigüedad, todo lo contrario, es una expresión de coherencia y consistencia que no se sustenta en la lógica de elegir al ‘menos malo’-, ni votar por miedo, ni mucho menos por oportunismo. Por lo anterior, rechazo el matoneo y el linchamiento mediático que hemos padecido quienes, con valentía y argumentos, hemos sustentado nuestra decisión de votar en blanco.